Viaje directo al Corazón (Emotiva en Nepal)

VIAJE DIRECTO AL CORAZÓN

 

“Nuestro destino de viaje nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas”. Henry Miller

 

El pasado mes de diciembre partió un grupo desde Madrid, donde 10 personas subieron a un avión rumbo a Kathmandú, Nepal.  Lugar donde conviviríamos día y noche durante 10 días, con el fin de ayudar a un pequeño orfanato en un lugar llamado Techú, a pocos kilómetros de Kathmandú.

En este pequeño orfanato regido por un matrimonio, viven 11 niños, de los cuales 6 presentan algún tipo de discapacidad. El proyecto inicial, consistía en realizar un pequeño huerto con el propósito de que ellos mismos cultivaran sus alimentos, e incluso poder utilizar el cultivo sobrante como recurso económico, gracias a su propia venta. Así como realizar un proyecto educativo, por parte de Emotiva Centro para el Cambio, enfocado en mayor medida a los niños con discapacidad, además de solventar algunos desperfectos que pudiera tener el edificio.

Este proyecto comienza con Happy Shipal, plataforma creada por la unión de diferentes ong´s, fundaciones, empresas (entre las que se encuentra Emotiva) y profesionales particulares con una inquietud común, ayudar a los más desfavorecidos afectados por algún tipo de catástrofe natural.

 

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Por parte de Emotiva CPC, este proyecto se enfocó en la planificación de actividades y dinámicas con el propósito de trabajar habilidades cognitivas como atención, memoria, entre otras. Así mismo, favorecer la estimulación sensorial de los niños con actividades manipulativas, en las cuales se pusieran en marcha todos los sentidos, favoreciendo el desarrollo de los niños con discapacidad.  Y además, se llevaron a cabo actividades relacionadas con la inteligencia emocional, trabajando de esta manera la identificación de las emociones.

Dicho lo anterior, me gustaría comentar una de las lecciones que más me ayudó de cara a la labor llevada a cabo durante esos días. Durante el primer día en Kathmandú, mis expectativas de trabajo no se cumplieron, ya que no se daban las condiciones adecuadas para llevar acabo el proyecto tal y como se pretendía inicialmente. Pero,  gracias a ese momento , pude aprender una de las lecciones más valiosas de este viaje; Nosotros, como voluntarios, somos meros turistas, visitantes por tiempo limitado, personas llenas de ganas e ilusión por poder aportar nuestro granito de arena. Pero para ello es importante que comprendamos donde nos encontramos, y que la cultura, las costumbres, incluso su rutina, es muy diferente a la que podemos vivir en países como el nuestro. Por lo que nuestro propósito, no debe centrarse en llevar a cabo todo lo que teníamos pensado, sino en formar parte de esa rutina, de esas costumbres y a partir de ellas sumar y poner nuestro granito de arena en favorecer su bienestar, su vida, su educación… Esto me hizo recordar una de las frases que pueden leerse en los pasos de cebra de Madrid, “Camina descalzo de pies y de sesera” (Sol Aguirre).

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El fin del trabajo como voluntario no es aplicar nuestros ideales, nuestra manera de trabajar, sino ofrecer diferentes herramientas, que ellos puedan emplear, y así llegar a ser competentes en su propio entorno. Por ello, lo más importante, son ellos, ellos son los protagonistas de nuestro trabajo, por lo que debemos adaptar todos nuestros proyectos a ellos mismos, a su propio entorno, su manera de trabajar, de vivir.  

Una vez allí, los días se resumen en momentos llenos de trabajo, y cooperación. Y es en esos momentos donde realmente, vives situaciones que te cambian la vida, situaciones que te provocan un cambio interior y te hacen ver las cosas de manera diferente.  Situaciones que jamás imaginas, como que el cuerpo de uno de los niños con la mirada más bonita que he visto, estuviera cubierto por decenas de moscas, o que la sonrisa más grande de todas estuviera provocada por salir por primera vez más allá del orfanato, o incluso que la mayor felicidad pudiera estar dentro de un simple globo.

Pero lo más difícil, es explicar todo lo que vives a lo largo de esos días. Las  palabras suelen ser de todo tipo, pero no expresan todo aquello que vives, porque tal y como decía un compañero, puedes explicar lo que ves, lo que oyes, pero no hay palabras para explicar el olor de las habitaciones de los niños, la sensación que te invade el cuerpo cuando ves que toda la vida de un adolescente cabe en una maleta pequeña de metal, o que el abrazo más sentido que he vivido estuviera cubierto de lágrimas de agradecimiento y tristeza. 

Y ahora, que he vuelto de ese magnífico viaje, me pregunto ¿cuantos viajes me han hecho cambiar el ritmo de mi vida, mi manera de pensar? Generalmente, emprendemos viajes con ganas de conocer, de aprender, de coger la mochila y comenzar a perderte por las calles de cualquier lugar. Pero esto va  mucho mas allá, se centra en camuflarte en el entorno, vivir su propia cultura, conocer a las personas que hacen único cada lugar. Y especialmente, desarrollar esa empatía, lo cual puede darse por sentado, pero “caminar con sus propios zapatos”, es la verdadera manera de llenar nuestra mochila de aprendizajes. Porque amigos míos, si hay una realidad irrefutable, es que ellos dejan una gran huella dentro de nosotros. 

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Como profesional, debo decir que a veces tuve la sensación de aportar miles de cosas, al igual que también tuve la sensación de no haber aportado nada, pero siendo conscientes de las distintas dificultades que se presentan, pude comprobar que con un poco de confianza, amor, y constancia, esos niños fueron capaces de mostrar avances en tan solo 4 días, y esa satisfacción, no la paga el dinero.

Puede que en tan solo 10 días nuestro trabajo no haya sido lo grandioso que nos hubiera gustado, pero lo importante y realmente valioso fue empezar, dejar una pequeña semilla en ese orfanato de Techú, con el propósito de que, en unos años, se convierta en un gran árbol que cobije y de sombra a cientos de niños que lo necesiten.  

¡Sigamos sumando! Sin duda merece mucho la pena…

Paula Sánchez (Emotiva CPC)

 

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