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Una oportunidad perdida | EmotivaCPC

Ahí estaba ella.

Acababa de entrar al bar con aire distraído, ataviada con larga gabardina gris y botas de agua, empapada por la lluvia de la tormenta que rugía afuera.
Era perfecta. La imagen del sueño traída a la realidad absurda que, desde hacía unos años, él sufría. Aquella silueta acaparaba algo más que el concepto que él tenía de la belleza; su presencia lo embriagó, justo al sentarse en el taburete de al lado, de una paz extraña, más cercana a la paz que precede a la batalla, que a la que sigue al último estallido de pólvora.

Él fingió no verla, no percatarse de su presencia. A pesar de que el aroma de su piel le hizo perder, por un segundo, el norte, pese a la calidez de aquella voz que pedía un café solo, incluso aunque ella pareció, durante unos segundos, dirigirle una mirada distraída, él decidió continuar fingiendo.

Temblaba. La cercanía de aquella diosa le hacía parecer aún más frágil, más vacío y miserable de lo que, por lo general, se encontraba a sí mismo al mirarse al espejo. La luz es aún más brillante cuando refulge en la oscuridad, eso había oído, no era de extrañar que ante aquel fulgor con forma de mujer, su vida se le antojara mucho más negra.

Era tan fácil como girar la cabeza hacia ella, saludar educadamente y entablar una conversación banal. ¿Qué podría pasar? Lo peor sería escuchar sus excusas, sufrir su posible indiferencia, soportar con frialdad, pese al derrumbe interior, su más que probable risa. Y aún así, eso sería mejor que no tener nada que contar, nada que recordar, un intento más del que sentir el orgullo de saberse vivo.

Era tan fácil como saltar al vacío, mirar a la desconocida a los ojos y decirla: “tú no me conoces, yo no te conozco, pero hagamos lo posible por no terminar la noche como dos desconocidos”. Nada había en juego, ni siquiera el orgullo, perdido ya desde el inicial momento de duda, ni siquiera el futuro, que nunca se tiene seguro, pese a lo que algunos traten de decirse a sí mismos, para agilizar sus cargas diarias.

La tormenta acabó.

El bar casi cierra sus puertas con él dentro. Tuvieron que llamarle la atención pues no se movía, no reaccionaba, acostumbrado a la comodidad de su butaca, a la soledad silente de sus noches, a todas las oportunidades que, por resultar posibles, terminaban por perderse, olvidadas.

Esteban García Valdivia (Emotiva CPC)
www.estebangarciavaldivia.com
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@egarciavaldivia

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