Los sueños no caducan | EmotivaCPC

“Solo cuando logres escribir el verso más hermoso en la arena de la playa, y todo el pueblo logre leerlo, habrás ganado uno de mis besos”.

¡Caray con la princesita! Ya se sabe cómo son estas princesas de cuento, pero la nuestra se pasa de la raya, es excesivamente caprichosa, ahí está, paseando por su jardín de amapolas, con gesto indiferente y algo creído. Es hermosa esta chica, eso no se lo vamos a negar, no es de extrañar que el pobre muchacho (que ni es príncipe ni nada, solo un joven poeta que tuvo la desgracia de enamorarse de la princesa del reino), baje corriendo a la playa, soñando con ese beso prometido a cambio de un verso, pero no un verso cualquiera, no vale cualquier verso, por mucho que el muchacho sea experto en serventesios y alejandrinos, que de esos la princesa solo tiene que buscarlos en la biblioteca de palacio… Lo que esta princesa pide es un imposible, ¡a quién se le ocurre!, el verso más hermoso escrito en la arena de la playa, ¡ahí es nada!, ¡como si fuera fácil!

Queda visto que el amor es más que un sentimiento, para muestra aquí tenemos al joven poeta poniendo su ingenio al servicio de lo imposible, escribiendo, con la ayuda de una rama de árbol,  versos hermosos en la arena de la playa que, a los pocos segundos, el agua se encarga de borrar. Tarea imposible. Tal vez si los escribiera más lejos de la orilla, podría juntar al pueblo para que los leyera a tiempo, pero ahí es cuando nuestro joven poeta se da cuenta de que no todo el mundo, en el pueblo, sabe leer, la princesa le ha pedido algo imposible.

Sin embargo, si miramos de cerca, comprobaremos que el brillo de sus ojos no conoce el desánimo, por eso dan luz a esos pensamientos oscuros, por eso iluminan su mente con ideas que antes no aparecían, por eso calientan y animan, motivan y ensalzan el deseo por encima de la realidad. Nuestro joven no se da por rendido, ya habrá tiempo de enseñar al mundo a leer, lo primero es dejar escritos los versos más hermosos, que el agua no se los lleve, y si se los lleva, que mueran ahogados en agua salada y no en lágrimas amargas, por no haber intentado hacer real un imposible.

El tiempo lo cura todo, menos la enfermedad del que sueña despierto, así pasaron los años, y nuestro joven poeta siguió bajando, cada día, a la playa, escribiendo versos que el mar robaba. La hermosa princesa creció y se casó con el príncipe que, desde su nacimiento, le había sido adjudicado, y terminó por convertirse en una reina severa que vivió muchos años, totalmente ignorante de que, en las playas de su reino, un anciano bajaba, cada día, a escribir en la arena el verso más hermoso; su cuerpo estaba enfermo y cansado, pero mantenía, en sus ojos, el brillo alegre de un joven enamorado…

Hace poco, en un viaje que hice a un pequeño pueblo costero, pude ver una hermosa estatua, en el paseo marítimo, con una placa que decía: “Al poeta soñador que hizo de la arena de nuestras playas, la cuna de cada uno de sus versos”. La estatua representaba a un joven escribiendo, con una rama de árbol, sobre la arena, un verso que decía así: “Algún día, todo el mundo sabrá que soñé con uno solo de tus besos.” Niños y ancianos comentaban esas hermosas palabras, todo el mundo se acercaba a leerlas, y sonreían con un hermoso brillo en sus ojos.

Sin duda, en algún otro lugar, nuestro joven poeta estaba disfrutando, al fin, del beso de su princesa.

 

Esteban García Valdivia (Emotiva CPC)

www.estebangarciavaldivia.com

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@egarciavaldivia

 

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