Lágrimas Constantes | EmotivaCPC

Este cuento pretende provocar reflexión a partir de una respuesta. Esa respuesta será única, pues es la que se pide al humilde lector, en forma de interrogación directa, al final del relato. Léase, por lo tanto, de acuerdo a esta premisa, y contéstese a la pregunta final de manera sincera. La reflexión posterior pertenecerá a cada uno.

Ese era yo.

El niño de las lágrimas constantes, el que no dudaba en romper a llorar ante cualquier contratiempo que le impidiera conseguir sus deseos, y cuando hablo de deseos me refiero a cualquier cosa, cualquier capricho banal que despertara la curiosidad de aquellos ojos grandes y oscuros.

Hoy sigo siendo el mismo, ya me ves, un inquieto párvulo oculto en el cuerpo de un hombre, incapaz de aprender a utilizar otro arma diferente al frío remordimiento de conciencia, a la insuperable compasión y a la misericordia más ineludible que provocan las lágrimas.

Si de niño me sirvió para conseguir mis propósitos, ¿por qué no ser víctima cuando, ya de adulto, la vida se empeña en alejar de mí lo que deseo? No hay dignidad que valga más que un sueño, ni categorías de sueños que rechacen los míos por no pasar de caprichos. Lo que deseo merece mis lágrimas, y el llanto, estarás de acuerdo conmigo, siempre merece respeto.

No importa si la lágrima surge, realmente; hay un llanto peor que no se refleja más que con la mirada y alguna palabra bien elegida y dicha a tiempo. Es un llanto más atroz para el que lo comparte, no siempre para el que lo sufre, y suele conseguir su propósito sin necesidad de otras muestras. La tristeza que proyecta es capaz de vencer las voluntades más férreas, de derribar las barreras de la razón y la cautela, y de hacerse vínculo de unión, incluso, entre corazones que, momentos antes, se odiaban.

Te preguntarás por qué te cuento todo esto a ti, si existirá algún motivo oculto que me haga descubrirte mis trucos, las técnicas lacrimógenas que, ya desde niño, la vida me obligó a poner en práctica.

Considéralo un desahogo. Un simple desahogo que no tendría razón de ser si se hiciera de modo encubierto.

Ahora que ya conoces mi método, puedo desnudarme ante ti sin riesgo de parecerte un farsante. El mago ha desvelado su truco: se acabó la magia, ahora solo hay oficio.

Necesito un hombro amigo sobre el que, no ya llorar, eso lo hago sin necesidad de nadie, sino reír. Necesito saberme querido más allá de lo que provocan mis lágrimas. Necesito que alguien se acerque a mí y vea más allá del sabor salado de mi amargura. Necesito alegría, amistad, amor… Esos auténticos sueños que solo supe sentir como caprichos.

Necesito sentirme una persona más, alguien capaz de ser verdugo, y no solo víctima de cada momento. Necesito sonreír, pintar sonrisas, perderme en un cielo claro como el que se pierde en el sueño, como el que salta al vacío, perdidas sus limitaciones, como el que, tras una noche de lágrimas, despierta a todos sus mañanas con la mirada puesta en la fe que otorga la esperanza.

Si limpio mi tristeza con el paño de la realidad, solo veo al hombre reflejado en el espejo, y yo quiero ver al niño, pero no al que lloraba, ese siempre está presente. Yo quiero ver al niño que reía. Al que reía pese a su soledad, pese a sus dolores, pese a sus temores y auténticas tristezas. Yo quiero ver al niño que, estoy seguro, si miras más allá de mi mirada, puedes descubrir, escondido entre las falsas lágrimas, esperando a que le llamen por su nombre para mostrarse al mundo.

Me he quedado tan solo que nadie sabe mi nombre.

Soy víctima de mí mismo.

Te necesito. Ahora ya lo sabes: te necesito para que limpies mis lágrimas y me enseñes a sonreír. No te conozco pero te tiendo mi mano.

¿Puedes cogerla?

¿Puedo contar contigo?

Esteban García Valdivia (Emotiva CPC)
www.estebangarciavaldivia.com
www.facebook.com/egvaldivia
@egarciavaldivia

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