Entre risas y besos | EmotivaCPC

Sergio Velarde abrió los ojos intentando expresar, en silencio, su sorpresa. Desde donde se encontraba, podía ver sin ser visto, y esa era una ventaja que no quería perder de manera gratuita. La chica besaba a su amigo como si fuera la última vez que sus bocas pudieran encontrarse. Desde luego, no era la primera.

Sergio Velarde apartó una de sus camisas para ver mejor a través de las rendijas del armario, mientras la chica se echaba sobre su amante, cayendo sobre la cama entre risas y besos.

Era cierto. Todo lo que había oído era cierto. Todas sus sospechas se habían convertido, en un instante cerrado por un beso, en una realidad terrible que le condenaba a la estupefacción. ¿Cómo era posible? Él amaba a aquella chica, vivían juntos desde hacía ya tres años, tenían en mente casarse el próximo verano… ¿Cómo era posible que ahora, ella, estuviera en la cama con su mejor amigo?

Sergio Velarde pensó largo rato acerca de la fidelidad, de lo que debía hacer, de si valía la pena perder a su pareja y a su amigo en favor de una supuesta integridad que ponía en entredicho, precisamente, esa amistad. Pensó en mantenerse en silencio, no sólo dentro de su propio armario, sino en el exterior, en las reuniones sociales y el trabajo, en las cenas a la luz de una vela y en las cañas de cerveza entre amigos. Llevar su estupor guardado en el bolsillo del que se hace el ignorante por pura ignorancia, acallar el grito de dolor de un corazón acostumbrado a darlo todo y exponerse, así, al deterioro de su uso.

No sabía si reprender la actitud de esos dos ingratos o disculparlos ante el derecho inalienable al error. Y ante esta disquisición, se preguntaba a sí mismo: ¿quién es el ser humano para entender como error el acto ajeno?, ¿bajo qué visión entendemos la realidad para convertirnos en jueces del error y del acierto? ¿Y si esos dos se amaban?, ¿acaso el error en la ecuación no sería él mismo? Cierto es que podrían haber actuado de otra forma, haberle avisado, al menos, de ese supuesto amor, ahorrarle el sufrimiento de enfrentar la verdad a través de las rendijas de su propio armario pero, ¿y si lo que trataban de evitar era, precisamente, hacerle daño a él?

Sergio Velarde pensó y pensó, intentó gestionar sus emociones y descubrió que no era enfado lo que sentía, sino tristeza, y que en esa tristeza estaba la clave de todo lo que necesitaba exteriorizar. Abrió la puerta del armario sin titubear. Su chica y su amigo le miraron, primero con sorpresa, después con una mezcla de miedo y perplejidad. Sergio Velarde habló.

Se había tomado su tiempo. No se había dejado llevar por la situación. Ahora sabía bien lo que hacer.

Esteban García Valdivia (Emotiva CPC)
www.estebangarciavaldivia.com
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@egarciavaldivia

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