El enfado: escucha, distancia y consecuencia | EmotivaCPC

Cuando hablamos de enfado y niños, es inevitable pensar en las rabietas. Las rabietas son una muestra espectacular del enfado que comienzan a aparecer en torno a los 2 años, coincidiendo con la etapa de negación, por lo que consideramos que forman parte del desarrollo evolutivo normal. El enfado se convierte en una emoción insana cuando los pequeños no son capaces de autorregular su conducta para expresarlo de otra manera que no sea gritando, pataleando o llorando desconsoladamente. Están relacionadas con una dificultad para la autorregulación, pero también con su capacidad comunicativa y de comprensión del entorno que les rodea, el factor causa-consecuencia o el egocentrismo propio de la edad.

Hemos escuchado muchas veces que no prestar atención a las rabietas, mantener distancia con el niño para no reforzar esa conducta, las disminuye… y es cierto, que ante un comportamiento inadecuado que no recibe aprobación ni atención, éste tiende a extinguirse y se buscan otras alternativas. Pero ¿qué alternativas? No se trata de que el niño reprima sus emociones o controle su comportamiento, sino de que aprenda a gestionar esa emoción y a expresarla de forma adecuada, para lo que necesita la ayuda de sus referentes adultos.

Y nosotros, los adultos ¿cómo respondemos frente a nuestros enfados? ¿somos equilibrados, empáticos, asertivos y respetuosos? No es apropiado responder con rabietas ante una rabieta… tengamos en cuenta varias actitudes:

  • Calma, la rabieta pasará. Nuestro estado de ánimo alienta o reduce el estrés del niño.
  • Cuidar la comunicación no verbal: tanto la mirada lastimosa, cómo el gesto de furia o desesperación refuerzan el comportamiento del pequeño… es preferible tomar cierta distancia para que nosotros también gestionemos nuestra respuesta a lo que sucede y poder actuar más eficazmente.
  • Asociar hecho con emoción: es imprescindible que una vez se haya calmado el niño, reflexionemos con él sobre lo ocurrido, identificando la emoción y el detonante de la misma, sin restarle valor, únicamente ofreciéndole una perspectiva coherente.
  • Cambiar castigo por consecuencia: si consideramos que su comportamiento tiene que tener un “castigo”, mejor que sea entendido como una consecuencia, que tenga relación directa con el mismo, para que sea aceptada desde la calma y comprensión (si rompe el dibujo de su hermanito porque no le deja jugar con él, por ejemplo, la consecuencia puede ser hacerle otro, en lugar de prohibirle ver la tele).
  • Intentar reflexionar con él: durante la rabieta no es exitoso, es preferible que hablemos con él cuando el enfado se haya calmado.
  • Debemos empatizar: tiene derecho a enfadarse y a expresarlo, no restemos importancia a cómo se siente, está disconforme con algo que ha pasado y no posee otras herramientas para comunicarlo.
  • Darle seguridad: es importante que comprendamos que, muchas veces, no son capaces de calmarse por sí solos y que sí es necesario que nos acerquemos, sin aprobar verbalmente lo sucedido y sin favorecer victimismos… pero sí acompañándole.

A él tampoco le gusta enrabietarse y le desgasta enormemente pues no consigue lo que desea. Tampoco se siente escuchado y su conducta provoca otros enfados colaterales y situaciones desagradables. No enfrentándose a la frustración no se es más feliz, por ello, no debemos evitarles los inconvenientes de la vida diaria, sino ofrecerle estrategias para afrontarlos de manera adecuada.

En cualquier caso, ante la rabieta, debemos entender que a veces es una estrategia aprendida que los niños utilizan para conseguir algo, a modo de chantaje emocional, pero muchas otras es una mala gestión del enfado que no son capaces de expresar de otra forma y que necesitan de nuestra ayuda y paciencia.

Las rabietas acompañan a los niños a lo largo de su desarrollo, los niveles varían según la edad, al igual que los motivos, pues están ligados a sus intereses y motivaciones del momento en el que se encuentre. De este modo, un niño con 4 años ya tiene la capacidad para aceptar mejor situaciones frustrantes que están relacionadas con objetos (pérdidas, ruptura de un juguete…) o cambios de actividad (tener que dejar de jugar para recoger, apagar la tele porque nos vamos…). Sin embargo, no con aquellas que suponen tener en cuenta el punto de vista de otro (compartir, resolución de conflictos, ser democrático…), puesto que la empatía es una habilidad que comienza a desarrollarse precisamente en estas edades.

A medida que los niños van madurando, las rabietas son menores, más cortas… los niños son más creativos y flexibles a la hora de resolver conflictos y enfrentar sus enfados. En caso de observar el efecto contrario (que no disminuyan y las conductas sean más descontroladas y/o agresivas), debemos ver qué aspectos pueden tener así de alterado al niño e indagar en las causas de su comportamiento desmedido, pues en ocasiones estas reacciones esconden otros bloqueos emocionales que no debemos perder de vista.

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